En unos minutos… los ingenieros de Stalin

M Mazower[Stalin], mostrándose respetuoso hacia Roosevelt, dejaba claro que, a su juicio, el New Deal americano no lograría, en sus aspiraciones de salvar el capitalismo, sustraerse a sus propias contradicciones. La idea de Wells según la cual ingenieros y científicos podrían llegar a ser los configuradores de un nuevo orden mundial no le convencía. Los ingenieros hacían lo que se les indicaba, sentenciaba Stalin: los científicos, por su parte, eran tan capaces de hacer el bien como de infligir un daño inmenso.

Mazower, M.  (2018), Gobernar el mundo. Historia de una idea desde 1815.  Valencia: Barlín Libros, 240.

 

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Muy pronto… Gobernar la sociedad internacional

M MazowerEn otras palabras: a la larga, un decisivo núcleo de actores políticos de Whitehall y Washington entendió que estos nuevos medios para el ejercicio del poder proporcionaban incomparables virtudes y beneficios. Algo que resultaba especialmente pertinente en el caso estadounidense, cuyo afán por desplegar una nueva arquitectura internacional superaba con creces el de sus mentores británicos. Fue tomar parte en este proceso lo que volvió la globalización aceptable a ojos de los estadounidenses, siempre recelosos con respecto al degradado mundo exterior. Al mismo tiempo, la tarea de dirigir
un órgano mundial de alcance universal no acarreaba más que un riesgo coercitivo marginal, pues los EEUU eran capaces de combinar a las mil maravillas universalismo y excepcionalismo, redactando las normas de tal modo que sirvieran principalmente a sus intereses vitales y eximiéndose de aquellas que disgustaran a sus legisladores. Teniendo en cuenta que el resto de participantes quería contar con los EEUU casi a cualquier precio, este doble rasero se acabó tolerando.
Una vez constituidas, la ONU y sus agencias dotaron a las políticas americanas de legitimidad y alcance a cambio de un coste mínimo. Así, fue necesaria cierta inversión extraoficial de capital político, y organizar el control de los organismos internacionales y de sus plantillas pasó a convertirse —como lo sigue siendo a día de hoy— un problema político de primer orden.  […] Tampoco es cierto que el resto de participantes se sometiera sencillamente a la voluntad estadounidense: una institución multilateral no es algo fácil de controlar para un solo Estado, como la historia de muchas de ellas nos demuestra. Desobedecerlas constituyó siempre el argumento unilateral más persuasivo contra las mismas, así como la razón principal que explica el distanciamiento americano respecto de la ONU durante los 70 y su posterior giro hacia el Banco Mundial, el GATT y el FMI. Sea como fuere, la virulenta emergencia del potencial global americano en su conjunto desde 1945 resulta inimaginable sin la labor coadyuvante y protectora de la plétora de instituciones internacionales surgidas en aquella época. En Europa, estas desempeñaron un papel relativamente menor durante los cruciales años de plena Guerra Fría —entre 1946 y 1949—, si bien adquirieron su sentido más cabal toda vez que el problema del comunismo se fue haciendo global. Durante dos fases en concreto, entre los años 50 y 60 —por medio del desarrollo—, y entre las décadas de 1980 y 1990 gracias a la economía neoliberal, los EEUU se enrolaron en organismos internacionales con el fin consolidar sus ambiciones globales. Unas ambiciones que excedían ampliamente las típicas inquietudes en materia de seguridad de toda gran potencia y buscaban ahora liderar la transformación radical de la sociedad.

Mazower, M.  (2018), Gobernar el mundo. Historia de una idea desde 1815.  Valencia: Barlín Libros, 16-7.

 

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Muy pronto… el Imperio Universal en Santiago Montero Díaz

Santiago Montero Díaz Núñez SeixasDefendía un concepto de imperio vinculado a la idea de universalidad, de superación del Estado en el sentido territorial, pero también a un orden de valores, «un esencial esquema trascendente de anhelos, a una programática cuyas raíces se hunden en el ineludible subsuelo de religiosidad que vitaliza las grandes creaciones humanas». La idea imperial implicaba un programa “de salvación, ante un mundo herido de muerte”, razón por la que siempre surgía en momentos de zozobra, «sobre tremendos paisajes desolados, en tiempos estremecidos y escépticos». Si la legitimidad del dominio imperial se asentaba sobre «una previa justificación moral», también debía ser un «poder de salvación». Pues el imperio español lo había sido porque unía a su expansión territorial una idea trascendente, «por el orden ético y religioso que lo español postulaba y encarnaba en el mundo».

Núñez Seixas, X. (2012). La sombra del César. Santiago Montero Díaz, Una biografía entre la nación y la revolución. Granada: Editorial Comares, 146.

 

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La herencia española en los Estados Unidos en el Número 5 de Revista Metábasis

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López del Campo, E. I. (2020). La herencia española en los Estados Unidos. «Reseña» a Fernández Flórez, D. (1981), La herencia española en los Estados Unidos. Barcelona: Plaza y Janés, 318 páginas. Revista Metábasis, Nº 5, 77.81.

 

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