
La buena política es la política de verdad, la verdadera política y la política verdadera. La mala
política no es política. La política empírica es doxa, apariencia, epifenómeno. Así como la mala
filosofía no es filosofía sino sofística, la mala política no es más que una variedad de la
sofística, es decir, del tráfico de ídolos, de imágenes. La política es el buen mando, la eutaxia
vino a decir Aristóteles, orthé arkhé dice Platón. Por ello el poder político es absoluto y añado
yo siguiendo a Julien Freund, es monocrático, siempre hay uno solo que es quien manda,
aunque aparentemente sea un mando colegiado. Decía Carl Schmitt que al acercarnos al
estudio o conocimiento de un régimen político debemos formular y contestar a la pregunta
¿Quién manda? El poder soberano viene solapado en tiempos de normalidad por una multitud
de instancias pero brilla con luz propia en tiempos de excepción. Entonces se hace visible el
soberano, que es quien dicta y decide sobre el estado de excepción. Soberano es quien decide
sobre el estado de excepción al señalar y distinguir entre el amigo y el enemigo políticos.
Cuando hablamos de enemistad aquí nos referimos al enemigo existencial, a aquel que con su
mera existencia amenaza la existencia del Estado y nuestra propia existencia.
Giménez Pérez, F. (2024). Notas acerca de El Político de Platón.
Revista Metábasis, Nº 17, p. 80.
ISSN 2605-3489