
Buena prueba de que las mujeres se ofrecen como niñas a los hombres, es la diferencia de edades entre ambos cónyuges. Pues, aunque no haya razón alguna para que las mujeres no enmariden con hombres más jóvenes, las casadas son, generalmente, cuatro años menores, por lo menos, que sus consortes. Sin embargo, lo contrario sería más racional desde un punto de vista biológico. Si, como se ha comprobado, las mujeres viven cinco o siete años (según cada país) más que los hombres, deberían buscar esposos más jóvenes para evitar en la vejez esa soledad cuya duración oscila entre los nueve y once años. […] Sin embargo, esa circunstancia causa poca impresión en la mujer, pues como ella no busca un amante, sino un proveedor, prefiere elegir a los hombres de más edad. Un individuo de treinta años puede mantenerla mejor — aquí se sobrentiende el mantenimiento en su más amplio sentido— que un bachiller. Si acaso se podría utilizar al bachiller como amante, pero sin prescindir del proveedor. Para ello, es condición indispensable que el proveedor ignore todo: de lo contrario podría perder el gusto por el trabajo [Vilar, E. (1975). El varón polígamo. Barcelona: Plaza & Janés, pp. 43-4].
ISSN 2605-3489