
La tenaza mortal que los imperativos anti mantienen sobre Occidente es más que obvia. Tras la elección de Donald Trump, un buen número de eminentes periodistas fueron presa de la histeria: ¡es un «autoritario»! Lo mismo ocurre con el populismo europeo. Un fantasma se cierne sobre Europa, nos advierten incontables periodistas y opinólogos: es el fantasma del fascismo. Artículo tras artículo y columna tras columna, nos presentan las semejanzas entre nuestra situación y la de la Alemania de los años treinta del pasado siglo. Hasta tal punto que, cuando alguno de nuestros tertulianos compara a Trump con Franco y no con Hitler, no podemos dejar de ver en ello un indicio de mesura y sutileza. La intelectualidad contemporánea está empeñada en regresar a las escabrosas décadas de principios del siglo XX. Es como si tratasen desesperadamente de mantener el siglo pasado en marcha, insistiendo en que la lucha contra el fascismo sigue siendo nuestra lucha.
Esto es absurdo. No estamos en 1939. Nuestras sociedades no se reúnen en masas que desfilan al compás. La planificación centralizada no asfixia nuestras economías. Ya no hay una cultura burguesa dominante emperrada en la «exclusión». Bull Connor ya no es el comisionado de seguridad pública en Birmingham. En vez de eso, nuestras sociedades se están disolviendo. La globalización económica hace trizas el contrato social.
Reno, R. (2020). El retorno de los dioses fuertes. Nacionalismo, populismo y el futuro de Occidente. Madrid: Editorial Ivat, p. 33.
ISSN 2605-3489