Las ciencias categoriales (…) no proceden de la filosofía sino de tecnologías o prácticas precisas; la filosofía, al menos la de tradición platónica académica, no antecede absolutamente a las ciencias, sino que sus verdaderos problemas se abren a partir de aquéllas («Nadie entre aquí sin saber Geometría»), tanto a partir de resultados (filosofía como ontología) como a partir del modo científico mismo según el cual estos resultados han sido obtenidos (filosofía como gnoseología).
[Bueno, G. (1991). Primer ensayo sobre las categorías de las «ciencias políticas».
Las doctrinas carecen de vigor, las enseñanzas son estúpidas, las conversaciones ridículas y estériles las florituras teóricas. De todo lo que somos, vida no hay sino en las potencias del alma. Si no hacemos con ellas la música superflua y no elevamos el tedio al rango de oráculo, ¿en qué misterio nos enterraremos? ¿No se siente en el pulso el mismísimo misterio de la materia y no nos evoca su ritmo las melodías de lo indescifrable?
[Cioran, E. M. (2007). Breviario de los vencidos. Barcelona: Tusquets Editores, p. 25]
Un hispano de Nuevo México, hace algunos años declaró ante la prensa para sorpresa de muchos, dijo: «No somos mexicanos sino los europeos más antiguos de Estados Unidos». Esta persona que hizo esa afirmación pertenece a la comunidad hispana que quiere y se diferencia de los latinos que viven en Estados Unidos. Cuando muchos norteamericanos creen que el idioma español (Castellano, lo denominan los hispanos de Nuevo México, al igual que la mayoría de los países hispanoparlantes) es cosa de recién llegados. Sin embargo, en Nuevo México, el castellano tiene raíces más profundas que en cualquier otra parte de este país. El hecho de hablar el castellano tradicional de Nuevo México le da un sentido único de pertenencia a varias generaciones de hispanos en Nuevo México. Mientras muchos ideólogos sostienen que el español es un idioma de los vulnerables, básicamente en opinión de los progres e izquierdistas, en Nuevo México la cultura hispana sufre acusaciones de ser la lengua y la cultura de los opresores.
¿Por qué encuadrar entonces al pesimismo y a su sucedáneo actual en la implantación gnóstica de la conciencia filosófica? Sencillamente por su reconocimiento de entrada, que le define íntimamente, de ser incapaz de modificar los condicionantes que operan sobre el ser humano. En este caso, la voluntad es invencible, nada podemos hacer ante ella más que adormecerla mediante el arte, o intentar una suerte de «salvación individual» de nuestro ego esférico, subjetivo, haciendo más dinero, adquiriendo nuevas habilidades sociales o mudándonos a otras latitudes no contagiadas del feminismo ni del pensamiento woke, que todo lo inunda inevitablemente en Occidente. Porque contra la Matrix generada por las élites, dirán estos sedicentes coaches de la Manosfera, nada podemos hacer. En este sentido, aunque el materialismo histórico reconocía que los condicionantes históricos son los que imponen los límites a los seres humanos de lo que pueden conseguir o no en cierta época, son los propios humanos los que pueden, al menos a la escala colectiva, transformar esas condiciones, estableciendo los cauces necesarios para ello. En cambio, para el pesimismo tanto filosófico académico como filosófico mundano, nada puede cambiarse, estamos condenados a la extinción, y mientras ello suceda, lo único que cabe hacer es intentar vivir nuestra vida individual de la forma más digna posible.
¿Por qué citamos todos estos referentes? Pues porque todos ellos están anticipados en los autores pesimistas. Por ejemplo, Schopenhauer, tildado de «misógino», fue capaz de anticipar lo que hoy los red pillers y MGTOWs califican como «verdad científica», a saber: que hombres y mujeres somos claramente distintos en lo biológico, pues nuestras mejores etapas suceden en momentos diferentes. Así, la mejor etapa del sexo femenino tiene lugar en su momento de fertilidad, entre los dieciocho y veinticinco años. Mientras que la mejor edad del hombre tiene lugar a partir de los treinta y cinco años. ¿Será verdad entonces que las mujeres envejecen como la leche y los hombres como el vino? Desde luego, para llegar a semejantes conclusiones, sin perjuicio de su veracidad, no hace falta llenarse la boca de «ciencia», porque es lo que la sociedad tradicional, antes del surgimiento de las sociedades democráticas de mercado pletórico, postulaba como verdadero destino del hombre y la mujer. Y es que «La primera consideración que nos dirige al simpatizar y elegir es la de la edad. En general, la mujer que elegimos se encuentra en los años comprendidos entre el final y el comienzo del flujo menstruo; por tanto, damos decisiva preferencia al período que media entre las edades de quince y veintiocho años. No nos atrae ninguna mujer fuera de las precedentes condiciones. Una mujer de edad, es decir, incapaz de tener hijos, no nos inspira más que un sentimiento de aversión. La juventud sin belleza tiene siempre atractivo, pero ya no lo tiene tanto la hermosura sin juventud. Con toda evidencia, la inconsciente intención que nos guía no es otra sino la posibilidad general de tener hijos. Por consiguiente, todo individuo pierde en atractivo para el otro sexo según se encuentre más o menos alejado del período propio para la generación o la concepción».
De hecho, entre nosotros, la periodista Esther Vilar ya detectó la disonancia cognitiva que la sociedad había inducido en los hombres, al hacerles creer que dependían de las mujeres, cuando histórica y actualmente era totalmente al revés: que realmente son las mujeres las interesadas en «domar» a un hombre, para ellas no tener que dedicarse a trabajar y buscar su propio sustento:
El hombre está amaestrado de tal modo por la mujer que no puede vivir sin ella y hace, por lo tanto, todo lo que ella le exige. Lucha por la vida y llama a eso amor. Hay hombres que amenazan a sus adoradas con suicidarse si no le hacen caso. La cosa no tiene peligro alguno para las mujeres: ellas no tienen nada que perder. Pero tampoco la mujer puede existir sin el varón, pues es tan incapaz de vivir como la abeja-reina. También ella lucha por la vida y llama a eso amor. Cada cual necesita al otro, y así parece que haya al menos un sentimiento común entre ellos. Pero las causas y la naturaleza de ese sentimiento, así como sus consecuencias, son del todo diferentes en los dos casos (Vilar, E., 1973, p. 167).
Las tesis de Esther Vilar fueron contestadas con profusión en la España de su época. Contra esta periodista se levantaron algunas voces de hombres feministas, que quisieron reinventar la Historia, como siempre hace el feminismo, diciendo que los varones no han permitido a las mujeres intervenir en la Historia Universal:
«[Esther Vilar] subraya, cómo todos los inventos, todos los descubrimientos han sido obra de los varones. En lo que no repara en esta ocasión es en que toda la obra de los varones ha sido empujada, entonces, por la mujer que le domaba, por la mujer que le explotaba, por la mujer que le obligaba a inventar y a descubrir para ella… […] Hasta nuestro siglo, la mujer ha estado condenada a servir al hombre. La mujer ha estado impedida para hacer nada que mereciera la pena» (Valverde, J. A., 1975, p. 53).
De hecho, frente a la idea feminista que considera que el «patriarcado» históricamente ha recluido a las mujeres en el ámbito doméstico, realmente es ese ámbito doméstico el que ha sido preferido por las mujeres, ya que así no tienen que enfrentarse a los desafíos de trabajar como un hombre:
El trabajo doméstico es tan fácil que en los manicomios lo ejecutan tradicionalmente los oligofrénicos que no sirven para ninguna otra cosa. El que las mujeres protesten a veces porque no reciben un sueldo especial por ese trabajo (y no exigen mucho: no más, por ejemplo, que el salario de un mecánico de automóviles…) es una prueba más de lo atractivo que es ese «trabajo» para ellas. Esas reivindicaciones son, además, muy miopes, pues podrían provocar el que un buen día las mujeres se estimaran efectivamente como fuerza de trabajo y se asalariaran adecuadamente. Esto pondría de manifiesto que viven, gracias a los varones, muy por encima de sus posibilidades (Vilar, E., 1973, pp. 62-3)
Así, esa promiscuidad propia del mercado de citas provoca efectos generalmente negativos en las mujeres, que terminan siendo víctimas de las conductas compulsivas propias del consumismo extremo (búsqueda del placer inmediato, de la satisfacción a corto plazo, y para ello sirven tanto las drogas como el alcohol, las compras compulsivas como las relaciones sexuales desenfrenadas), y que a la larga impedirán a esa mujer la formación de su tan ansiado núcleo familiar: los red pillers advierten de la enorme cantidad de mujeres que superan la treintena de edad y que se encuentran solas y sin posibilidad de ser madres, siendo ya invisibles para muchos hombres… o simplemente visibles para los que sólo quieren divertirse sexualmente con ellas. Algunas serán madres, pero lo serán en soltería. Con lo cual, en las sociedades desarrolladas se vive en una verdadera epidemia de mujeres ya de edad madura que, o bien no han podido tener hijos ni formar una familia, puesto que esperaron demasiado tiempo, o bien han tenido hijos a la desesperada, después de los treinta años, sin que tengan la compañía de un hombre a su lado que las apoye; o quizás fueron madres demasiado pronto y el padre de la criatura no quiso asumir semejante responsabilidad. En algunos casos, las mujeres consiguen formar una familia, pero siguen cayendo en la tentación de sus viejas costumbres en el mercado de citas, de tal manera que tienen a un hombre beta que las provee y mantiene, mientras se divierten sexualmente con los hombres que considera atractivos, los alfa(…).
Buena prueba de que las mujeres se ofrecen como niñas a los hombres, es la diferencia de edades entre ambos cónyuges. Pues, aunque no haya razón alguna para que las mujeres no enmariden con hombres más jóvenes, las casadas son, generalmente, cuatro años menores, por lo menos, que sus consortes. Sin embargo, lo contrario sería más racional desde un punto de vista biológico. Si, como se ha comprobado, las mujeres viven cinco o siete años (según cada país) más que los hombres, deberían buscar esposos más jóvenes para evitar en la vejez esa soledad cuya duración oscila entre los nueve y once años. […] Sin embargo, esa circunstancia causa poca impresión en la mujer, pues como ella no busca un amante, sino un proveedor, prefiere elegir a los hombres de más edad. Un individuo de treinta años puede mantenerla mejor — aquí se sobrentiende el mantenimiento en su más amplio sentido— que un bachiller. Si acaso se podría utilizar al bachiller como amante, pero sin prescindir del proveedor. Para ello, es condición indispensable que el proveedor ignore todo: de lo contrario podría perder el gusto por el trabajo [Vilar, E. (1975). El varón polígamo. Barcelona: Plaza & Janés, pp. 43-4].
Mucho antes de que existiera la palabra pesimismo, existió aquello que expresa. En la Ilíada se dice; “Nada hay más miserable que el ser humano”. De Hesíodo […]: “Lo mejor es no hacer nacido o, si ya se ha nacido, volver a irse muy pronto”. Tales declaraba se mantenía célibe por amor a los niños. […] Aristóteles preguntaba: “El hombre, ¿qué es?”, y respondía en sentido muy Schopenhaueriano: “Un monumento de flaqueza, una presa del momento, un capricho del azar. El resto es fango y bilis”. El comediógrafo Menandro agregó: “El más feliz es aquel que muy pronto abandona la feria de la vida. […]”, En siglo III a.C vivía en Atenas un hombre al que a modo de apodo se le dio el nombre de Pesitanatos [El que persuade a morir]. […] El título de uno de sus escritos por Cicerón era: Apocarteron, uno que ya no puede soportar la vida y se mata por el hambre. La civilización occidental comienza con los alegres griegos….” [Marcuse, L. (1956). Pesimismo. Un estado de la madurez. Buenos Aires: Editorial Leviatán, p. 13.]
[Esther Vilar] Quiere convencernos de que la mujer no tiene nada que hacer en el mundo, jamás tuvo nada que hacer, porque no le ha interesado otra cosa que no fuera domar al varón.
Y subraya, cómo todos los inventos, todos los descubrimientos han sido obra de los varones. En lo que no repara en esta ocasión es en que toda la obra de los varones ha sido empujada, entonces, por la mujer que le domaba, por la mujer que le explotaba, por la mujer que le obligaba a inventar y a descubrir para ella…
Sin embargo, habría que añadir algo más: quizás los varones no hemos concedido nunca a la mujer la posibilidad de que hiciera nada. Porque nos estamos olvidando de algo importante, algo a lo que E. V. jamás hará referencia: que ha sido el siglo XX quien ha traído, de alguna manera, el despertar de los impulsos femeninos. Hasta nuestro siglo, la mujer ha estado condenada a servir al hombre. Todavía lo está, pero el proceso se va resquebrajando. La mujer ha estado impedida para hacer nada que mereciera la pena. La mujer, sola, esperaba la vuelta del guerrero, no sólo para brindarle su vagina, sino para lavar sus pies y sus manos. La mujer —como dispuso siempre de varón— no tenía impulsos, ni apetencias, ni deseos, ni aficiones (Valverde, J. A., 1975, El varón domado. Réplica. Proceso a la obra de Esther Vilar. Madrid: Ediciones Sedmay, p. 53)