Muy pronto… El juego tóxico de ligar

A continuación nos dijo que, al acercarse a un grupo, la clave estaba en ignorar
a la mujer que se desea y ganarse a quienes la acompañan; especialmente a los hombres que haya en el grupo. Si la mujer es atractiva, estará acostumbrada a que los hombres caigan a sus pies, así que, para llamar su atención, un maestro de la seducción aparentará indiferencia. Esto se lograba mediante lo que Mystery llamaba un nega.
Ni insulto ni elogio, un nega es algo intermedio, algo así como un insulto
accidental o un elogio envenenado. El propósito de un nega consiste en hacer
disminuir la autoestima de una mujer demostrando falta de interés hacia ella de forma activa; por ejemplo, diciéndole que tiene los dientes manchados de barra de labios u ofreciéndole un chicle cuando ella empieza a hablar.
—Yo nunca ignoro a las mujeres feas —nos contó Mystery con los ojos brillantes a causa de su absoluta confianza en su método—. Tampoco discrimino a los hombres. Sólo ignoro a las mujeres con las que quiero acostarme. Y si no me creéis, esperad y ya lo veréis esta noche. Esta noche empezaremos con los ejercicios prácticos. Primero, os demostraré lo que tenéis que hacer, y después seréis vosotros quienes intentaréis entrar en el juego. Si hacéis lo que os digo, mañana tan sólo os harán falta quince minutos para besar a una chica [Strauss, N. (2006). El método. Barcelona: Editorial Planeta, pp. 35-6].

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Schopenhauer explica qué gusta a las mujeres de un hombre

He aquí lo que, de una manera general, puede afirmarse. Las mujeres prefieren en el hombre a
cualquiera otra edad la de treinta y treinta y cinco años, aun por encima de los hombres jóvenes que, sin embargo representan la flor de la belleza masculina. La causa de eso es que se guían, no por el gusto, sino por el instinto, que reconoce en esos años el apogeo de la potencia genérica. En general, hacen muy poco caso de la hermosura, sobre todo de la del rostro, cómo si ellas solas se encargasen de transmitirla al hijo. La fuerza y la valentía del hombre son, sobre todo, las que conquistan su corazón, porque estas cualidades prometen una generación de robustos hijos y parecen asegurarles para lo venidero un protector animoso. Todo defecto corporal del hombre, toda desviación del tipo, puede suprimirlos la mujer para el hijo en la generación si las partes correspondientes en la constitución de ella a las defectuosas en el hombre son intachables o aun están exageradas en sentido inverso. Sólo hay que exceptuar las cualidades del hombre peculiares de su sexo y que, por consiguiente, la madre no puede dar al hijo: por ejemplo, la estructura masculina del esqueleto, de anchos hombros, caderas estrechas, piernas rectas, fuerza muscular, valentía, barbas, etc. De aquí procede que a menudo amen las mujeres a hombres feísimos, pero nunca a hombres afeminados, porque no pueden ellas neutralizar semejante defecto.

(Schopenhauer, A., 1993, El amor, las mujeres y la muerte. Barcelona: Editorial Edaf, pp. 61-2).

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Schopenhauer explica lo que valoran los hombres para escoger una mujer

La primera consideración que nos dirige al simpatizar y elegir es la de la edad. En general, la mujer que elegimos se encuentra en los años comprendidos entre el final y el comienzo del flujo menstruo; por tanto, damos decisiva preferencia al período que media entre las edades de quince y veintiocho años. No nos atrae ninguna mujer fuera de las precedentes condiciones. Una mujer de edad, es decir, incapaz de tener hijos, no nos inspira más que un sentimiento de aversión. La juventud sin belleza tiene siempre atractivo, pero ya no lo tiene tanto la hermosura sin juventud.

Con toda evidencia, la inconsciente intención que nos guía no es otra sino la posibilidad general de tener hijos. Por consiguiente, todo individuo pierde en atractivo para el otro sexo según se encuentre más o menos alejado del período propio para la generación o la concepción.

(Schopenhauer, A., 1993, El amor, las mujeres y la muerte. Barcelona: Editorial Edaf, pp. 58-9).

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Muy pronto… El patriarcado ha protegido a las mujeres con el trabajo doméstico

El trabajo doméstico es tan fácil que en los manicomios lo ejecutan tradicionalmente los oligofrénicos que no sirven para ninguna otra cosa. El que las mujeres protesten a veces porque no reciben un sueldo especial por ese trabajo (y no exigen mucho: no más, por ejemplo, que el salario de un mecánico de automóviles…) es una prueba más de lo atractivo que es ese «trabajo» para ellas. Esas reivindicaciones son, además, muy miopes, pues podrían provocar el que un buen día las mujeres se estimaran efectivamente como fuerza de trabajo y se asalariaran adecuadamente. Esto pondría de manifiesto que viven, gracias a los varones, muy por encima de sus posibilidades (Vilar, E., 1973, El varón domado. Barcelona: Editorial Grijalbo, pp. 62-3).

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Hace veinte años, Gustavo Bueno anticipó el actual mercado de citas

Parece suficiente, en resolución, desde el punto de vista de la sociedad política o de la sociedad de mercado, para hablar de libertad política o de libertad de mercado, el que exista una multiplicidad de partidos o una multiplicidad de bienes respectivamente, así como también una demanda social efectiva (solvente, no sólo intencional) y diversificada. Uno de los más brillantes descubrimientos de las sociedades democráticas de mercado pletórico es el de la creación de las condiciones para la libertad hacia el uso o consumo de bienes particulares ofrecidas por este mercado (trajes, viajes, drogas, etc.); pero sobre todo, la oferta y la demanda para el uso o consumo de los cuerpos, mediante la promiscuidad sexual o el incremento de la vida sexual de parejas en cambio permanente; un uso o consumo que, aunque no sea directamente mercantil (por ejemplo, en el contexto de la prostitución), tiene incidencias inmediatas en el mercado de bienes o de servicios relacionados con la industria cosmética y cirugía plástica, con las salas de fiestas, con el turismo, con la alimentación, con las bebidas… Con estos intercambios, los jóvenes y menos jóvenes entran en su mayoría de edad dotados de programas y planes de libertad infinitos: viajar a ciudades elegidas entre cientos, establecer relaciones sexuales, no ya con una pareja sino con decenas de parejas sucesivas, adquirir bienes de mercado fungibles, etc. (Bueno, G., 2004, Panfleto contra la democracia realmente existente. Madrid: La esfera de los libros, p. 198).

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En Junio… El verdadero objetivo de las uniones conyugales

Cuando el instinto de los sexos se manifiesta en la conciencia individual de una manera vaga y genérica, sin determinación precisa, lo que aparece, fuera de todo fenómeno, es la voluntad absoluta, de vivir. Cuando se especializa en un individuo determinado el instinto del amor, esto no es en el fondo más que una misma voluntad que aspira a vivir en un ser nuevo y distinto, exactamente determinado. Y en este caso, el instinto del amor subjetivo ilusiona por completo a la conciencia y sabe muy bien ponerse el antifaz de una admiración objetiva. La Naturaleza necesita esa estratagema para lograr sus fines. Por desinteresada e ideal que pueda parecer la admiración por una persona amada, el objetivo final es, en realidad, la creación de un ser nuevo, determinado en su naturaleza; y lo que lo prueba así, es que el amor no se contenta con un sentimiento recíproco, sino que exige la posesión misma, lo esencial, es decir, el goce físico. La certidumbre de ser amado no puede consolar de la privación de aquella a quien se ama, y en semejante caso, más de un amante se ha saltado la tapa de los sesos. Por el contrario, sucede
que no pudiendo ser pagadas con la moneda del amor recíproco, gentes muy enamoradas se contentan con la posesión, es decir, con el goce físico. En este caso se hallan todos los matrimonios contraídos por fuerza, los amores venales o los obtenidos con violencia. El que cierto hijo sea engendrado: ese es el fin único y verdadero de toda novela de amor, aunque
los enamorados no lo sospechen. La intriga que conduce al desenlace es cosa accesoria (Schopenhauer, A., 1993, El amor, las mujeres y la muerte. Barcelona: Editorial Edaf, pp. 47-8).

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Muy pronto… Polaridad masculina y femenina

Así es que el hombre más viril buscará a la mujer más femenina, y viceversa. Los amantes miden por instinto esta parte proporcional necesaria a cada uno de ellos, y ese cálculo inconsciente se encuentra con las demás consideraciones en el fondo de toda gran pasión. Por eso, cuando los enamorados hablan con tono patético de la armonía de sus almas, casi siempre debe sobrentenderse la armonía de las cualidades físicas propias de cada sexo, y de tal naturaleza que
puedan engendrar un ser perfecto, armonía que importa mucho más que el concierto de sus almas, el cual, después de la ceremonia, suele convertirse en chillona discordancia. Únense a esto las consideraciones relativas más lejanas, que se fundan en el hecho de que cada cual se esfuerza por neutralizar, por medio de la otra persona, sus debilidades, sus imperfecciones y todos los extravíos del tipo normal, por temor a que se perpetúen en el hijo futuro, o de que
se exageren y lleguen a ser deformidades.

Cuando más débil es un hombre desde el punto de vista de la fuerza muscular, más buscará mujeres fuertes, y la mujer obrará lo mismo. Pero como es una ley de la Naturaleza que la mujer tenga una fuerza muscular menor, también está en la Naturaleza el que las mujeres prefieran a los hombres robustos. La estatura es también una consideración importante. Los hombres bajitos tienen decidida inclinación a las mujeres grandes, y recíprocamente…

(Schopenhauer, A., 1993, El amor, las mujeres y la muerte. Barcelona: Editorial Edaf, p. 65).

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En Junio… Schopenhauer anticipó la moderna soledad femenina

Las leyes que rigen al matrimonio de Europa suponen a la mujer igual al hombre, y así tienen un punto de partida falso.
En nuestro hemisferio monógamo, casarse es perder la mitad de sus derechos y duplicar sus deberes. En todo caso, puesto que las leyes han concedido a las mujeres los mismos derechos que a los hombres, hubieran debido también conferirles una razón viril.
Cuantos más derechos y honores superiores a su mérito confieren las leyes a las mujeres, más restringen el número de las que en realidad participan de esos favores, y quitan a las demás sus derechos naturales en la misma proporción que a unas cuantas privilegiadas se los han dado excepcionales.

La ventaja que la monogamia o las leyes resultantes
de ella conceden a la mujer, proclamándola
igual al hombre, produce la consecuencia de que los
hombres sensatos y prudentes vacilan a menudo en
dejarse arrastrar a un sacrificio tan grande, a un
pacto tan desigual.

(Schopenhauer, A., 1993, El amor, las mujeres y la muerte. Barcelona: Editorial Edaf, pp. 99-100).

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En Junio… Schopenhauer, antecedente de la manosfera

El amor tiene, pues, por fundamento un instinto dirigido a la reproducción de la especie. Esta verdad nos parecerá clara hasta la evidencia si examinamos la cuestión en detalle, como vamos a hacerlo.

Ante todo, preciso es considerar que el hombre propende por naturaleza a la inconstancia en el
amor, y la mujer a la fidelidad. El amor del hombre disminuye de una manera perceptible a partir del instante en que ha obtenido satisfacción. Parece que cualquiera otra mujer tiene más atractivo que la que posee; aspira al cambio.

Por el contrario, el amor de la mujer crece a partir de ese instante. Esto es una consecuencia del
objetivo de la Naturaleza, que se encamina al sostén, y por tanto al crecimiento más considerable posible de la especie.

En efecto, el hombre con facilidad puede engendrar más de cien hijos en un año, si tiene otras
tantas mujeres a su disposición; la mujer, por el contrario, aunque tuviese otros tantos varones a su disposición, no podría dar a luz más que un hijo al año, salvo los gemelos. Por eso anda el hombre siempre en busca de otras mujeres, al paso que la mujer permanece fiel a un solo hombre, porque la Naturaleza la impele, por instinto y sin reflexión, a conservar junto a ella a quien debe alimentar y proteger a la futura familia menuda.

De aquí resulta que la fidelidad en el matrimonio es artificial para el hombre y natural en la mujer, y por consiguiente (a causa de sus consecuencias y por ser contrario a la Naturaleza), el adulterio de la mujer es mucho menos perdonable que el del hombre (Schopenhauer, A., 1993, El amor, las mujeres y la muerte. Barcelona: Editorial Edaf, pp. 57-8).

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En Junio… Revista Metábasis Número 18

Revista Metábasis

Número 18

Año 2024

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