El postmodernismo no explica el conflicto árabe-israelí. Adelanto del Número 2 de Revista Metábasis

Meir Margalit JerusalénMargalit, que se presenta como doctor en Historia, sorprende en su libro con análisis de corte filósofico, especialmente los relativos al «poder» que acuñó en su día Michel Foucault, que aparecen de forma constante en numerosos fragmentos de la obra; por ejemplo, cuando señala que los esfuerzos de modernización exigidos por Israel, como tutor de la zona palestina de Jerusalén, son en realidad mecanismos de control, de poder: «Cuando el municipio exigió a los locales de las carnicerías de Jerusalén Oriental modernizar sus instalaciones a fin de mantener la mercancía con la refrigeración adecuada, al igual que lo estipulado en Israel, dicha medida podría ser percibida como una intervención legítima de salubridad pública, pero también, y no es menos cierto, como otra de las tantas medidas de intromisión destinadas a “israelizar” la parte oriental de la ciudad e intensificar el control israelí. Cuando Israel exige al servicio de transporte público renovar la flota de vehículos, y obliga a los conductores a realizar cursos de seguridad vial, está mejorando el servicio público, pero, a la vez, mandando tentáculos hacia diversas áreas de la actividad pública. Probablemente se trata de dos caras de una misma moneda. Más aún, medidas claramente opresoras pueden, en circunstancias determinadas, acarrear efectos positivos: la expropiación de tierras con el fin de construir una clínica, un colegio o pavimentar caminos será una medida justificada, a pesar de que toda confiscación de propiedades efectuada por la fuerza ocupante es, por definición, un acto de coerción» (38-9).

Con semejantes herramientas conceptuales, Margalit cae en un análisis formalista del poder político israelí en Jerusalén: los actos de coerción son malos y perversos, incluso cuando buscan beneficiar no sólo a los israelíes, sino también a los palestinos que viven en Jerusalén. La idea de Foucault sobre el poder se vuelve algo meramente formalista: todo es poder, es imposible distinguir entre la «voluntad de poder» israelí y la palestina, salvo que una impera con mayor fuerza sobre la otra. No se tiene en cuenta si ese poder actúa para beneficio del dominado, quien lógicamente lo tolera implícita o explícitamente, es irrelevante, o si logra su perjuicio.

Dadas estas premisas, nada extraña que Margalit fracase al explicar cómo, siendo Israel tan perverso, muchos palestinos hayan decidido aceptar, ya por vía tácita, ya expresa (es decir, aceptar ese «consenso» que niega el autor ya al comienzo de su libro acerca del gobierno jerosolimitano), que vivir bajo la soberanía israelí es infinitamente mejor que hacerlo bajo la «autoridad palestina»: «La identidad del palestino en Jerusalén ha entrado en crisis como resultado de dos procesos paralelos. Por un lado, la convicción (o quizas la resignación) de que la ocupación está más afianzada que nunca, que el destino de la ciudad oriental ya está determinado (o condenado) a permanecer eternamente bajo dominio israelí. Por otro lado, los palestinos de Jerusalén han llegado a la conclusión de que la vida bajo la ocupación se ha vuelto más soportable de lo que parecía a primera vista, gracias a los beneficios económicos que Israel otorga a través de la asignación de seguridad social y servicios médicos» (113).

Rodríguez Pardo, J.M. (2019). Análisis postmoderno del conflicto árabe-israelí. «Reseña» a Margalit, Meir (2018). Jerusalén. La ciudad imposible. Madrid: Catarata, 158 páginas. Revista Metábasis, Nº 2, 105.11.

revistametabasis.com

ISSN 2605-3489

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