Artículo de Felicísimo Valbuena sobre España frente a Europa de Gustavo Bueno

Es bien sabido que Alejandro Dumas aEspaña Frente a Europacabó Los tres mosqueteros y, en la misma página, empezó a escribir Veinte años después con la que continuaba la trilogía sobre D’Artagnan.

Me ha venido este hecho a la memoria al recordar que, hace veinte años, Gustavo Bueno sorprendió al poner en claro lo que estaba confuso en el ambiente de los medios de comunicación: cuántas maneras había de concebir qué era España. Él no se limitó a rastrear empíricamente las opiniones de la gente o de los historiadores, por ejemplo. Como si fuera una encuesta. Recuerdo que el científico social al que más he admirado, Russell L. Ackoff, cuando impartió un Curso extraordinario en la Escuela de Organización Industrial, afirmó como si fuera algo simple de observar: «Fíjense ustedes en que, muchas veces, cuando alguien no tiene ni idea de cómo enfocar un asunto, lo que hace es encargar una encuesta».

Gustavo Bueno, además de reflexionar y escribir, se comprometía

Bueno enfocó el tema de España, partiendo de su sólido sistema filosófico y llegó a unos resultados que ningún estudio anterior ni posterior ha alcanzado. No le importó que algunos historiadores se fueran a molestar porque entraba en su terreno. Los hechos han venido a demostrar que él tenía un marco conceptual mucho más potente que el de los historiadores. Además, él se comprometía.

Si viviera hoy, por supuesto que se hubiera pronunciado, una vez más, sobre el problema catalán y sobre la campaña contra Colón en Norteamérica. Y lo hubiera hecho con argumentos y hechos históricos. Justamente, lo que ha faltado a las embajadas y a la Academia Española de la Historia. En 1997, dos años antes de la obra de Bueno, apareció el libro colectivo España. Reflexiones sobre el ser de España, publicado por la Real Academia de la Historia. Lo que demostró ese libro es que la filosofía no es el punto fuerte de los historiadores españoles.

La obra en la que Bueno dejó plasmados sus puntos de vista resultó llamativa en su tiempo – España frente a Europa. En el capítulo I —«¿Qué es España? Diferentes formas de pensar su identidad»— elaboró una cartografía filosófica, si se me permite la expresión, que me parece una auténtica obra de arte. Sólo hay que compararlo con la obra de la RAH que acabo de citar.

Unidad e identidad

Gustavo Bueno pone un ejemplo para distinguir entre unidad e identidad. Una trabazón de dos largueros de madera o metal ligados por múltiples travesaños paralelos y equidistantes, solidarios a los largueros, puede permanecer como unidad invariante en abstracto; pero esas unidades complejas de trabazón pueden recibir identidades diferentes. Serán una «escalera de mano» cuando los largueros se dispongan en dirección vertical al suelo y la «estructura» se apoye sobre una pared; serán una unidad de trabazón con una «verja», cuando sus largueros se dispongan horizontalmente y se fijen a las columnas de un portón.

Después de distinguir entre unidad e identidad, Bueno estudia las ocho funciones de identidad de la unidad de España.

No dispongo de espacio suficiente para explicar todo el armazón filosófico que emplea Bueno, porque haría ilegible esta columna. De todas las maneras, procuraré presentar, en la medida de lo posible, el lenguaje que emplea Bueno.

Categorías atributivas: Ejemplos y funciones de identidad

¿En qué coinciden las partes del cuerpo humano, el conjunto de todos los vivientes, el de las especies que descubrió el fraile agustino Gregor Mendel, el de los poliedros regulares, el de todos los elementos de la tabla periódica o el de los continentes? En que cada uno de esos conjuntos, o todos, tienen propiedades comunes pero predominan entre ellos los aspectos diferenciales; sus partes son heterogéneas. Los cinco continentes coinciden en unos aspectos y se diferencian en otros. Gustavo Bueno llama categorías atributivas a esos todos o conjuntos.

Entonces, veamos cómo Bueno aplica estas categorías a cuatro funciones de la identidad de España.

La importancia de Roma en la actual Europa de las naciones canónicas o de las patrias.

El concepto más obvio de España, que se nos da dentro de la función f(1) de identidad, corresponde, sin duda, a la modulación de la Idea de España, que parece delimitada, más bien de modo negativo y externo. Ésta pudo ser establecida, aunque de un modo muy confuso, cuando las naves fenicias o cartaginesas pudieron surcar el Mediterráneo, tocar en las costas del Levante o de las Columnas de Hércules, incluso atravesarlas, y rodear la Península hasta llegar a Irlanda.

Fueron los romanos, en las guerras contra Cartago, quienes originariamente establecieron la unidad de las partes de España, es decir, la función f(2). Los romanos diferenciaron minuciosamente estas partes siguiendo a veces las fronteras de los pueblos que las habitaban, o de los yacimientos de metales o minerales que les interesaban; pero las reclasificaron primero en dos grandes divisiones, la Hispania Citerior y la Hispania Ulterior, después en tres, en cuatro o en cinco, obtenidas por subdivisiones y rectificaciones de las anteriores. Asimismo, interconectaron, paso a paso, esas partes entre sí por medio de calzadas; fundaron ciudades, introdujeron una lengua común, el latín, que fue desplazando a los idiomas indígenas.

Fueron tan importantes los romanos en España y en otros países que el grupo Monty Python resaltó con ironía la importancia de los romanos en la película La vida de Brian, en uno de los diálogos llenos de ingenio de la película. «Y a cambio ¿qué nos han dado los romanos?». Y así van saliendo los siguientes puntos: El acueducto. “Ah sí sí, eso sí nos lo han dado”. Y el alcantarillado. Y las calzadas, la irrigación, la sanidad, la enseñanza, el vino, los baños públicos, el orden público. Total, casi nada. Quiero decir, casi todo.

En sus escritos y vídeos grabados desde los que Gustavo Bueno sigue y seguirá irradiando años y años, demuestra una facilidad sin orillas para relacionar hechos y asuntos muy alejados en el tiempo. Él contemplaba los hechos de su presente y diagnosticó sin dudarlo: es innegable que el mismo tipo de identidad de España, que fue instaurada hace más de veinte siglos por Roma, es el que intentan poner en pie en nuestros días, si bien cambiando profundamente de parámetros, quienes pretenden definir la nueva identidad de España en cuanto parte formal de Europa. Conciben una Europa como una totalidad constituida por sus diferentes «naciones canónicas»: la «Europa de las Patrias» de la que habló De Gaulle.

La Europa de los Pueblos. El diagnóstico de Ángel Lozano

También se dio cuenta Bueno que, entre las modulaciones de estas variantes f(2) de la unidad de España, está el proyecto de quienes defienden la integración de España en Europa, pero entendida no ya como una «Europa de las Patrias», sino como una «Europa de los Pueblos», de una «Europa de las Culturas», de una «Europa de las regiones».

Aquí está el meollo de las dos concepciones que están polemizando en España y en algunos lugares de Europa. Los separatistas afirman que España no es una nación ni, por supuesto, una cultura con identidad («no existe la cultura española»); España no sería sino un conglomerado de naciones, de culturas o de pueblos («los pueblos de España»), de nacionalidades. El conjunto de estos pueblos o culturas tiene, sin duda, una unidad aparente, pero, en realidad, tal unidad debiera ser resuelta en «unidades políticas reales» tales como: Galicia, Asturias, Euskalerría, Cataluña, Mallorca, Valencia, etc.

Si todos estos proyectos se cumplieran, la superestructura «España» habría desempeñado, en el silogismo de la historia, el papel que corresponde a cualquier término medio en tanto que él está llamado a desaparecer en la conclusión («Cataluña es España, España es Europa, luego Cataluña es Europa… sin necesidad de pasar por España»).

Ha habido un autor que ha profundizado en esta concepción de la Europa de los Pueblos: Ángel Lozano, que algunas veces firmaba como A. Beloki. Según publicó en la revista de pensamiento Chispas, ya en 2004, investigó por qué estaba tan candente este asunto. Y él diagnosticó lo que estaba pasando. Bajo la dirección y la supervisión directa de los centros de poder del Estado alemán, la fragmentación política del mapa europeo seguía el curso iniciado a principios de los 90 por la fragmentación yugoslava y la partición de Checoslovaquia. A través de un conjunto de organismos incrustados en el seno de la UE y financiados directamente por diversos organismos estatales alemanes, todas las fuerzas que trabajan en cada uno de los países europeos por la fragmentación encuentran los recursos y el impulso político necesario para su desarrollo. Entonces, no es extraño, podemos añadir, las sentencias de algunos tribunales alemanes y belgas: se mueven mentalmente en la esfera de la Europa de los Pueblos. Ángel Lozano especificaba las organizaciones que estaban subvencionadas por el Ministerio del Interior alemán.

Lozano añadía más: Paralelamente al desarrollo del proyecto de la Europa alemana de la fragmentación, en nuestro país venía desarrollándose desde finales de los años 70 un fenómeno que converge, en sus intereses materiales, con él. Una serie de errores y excesos en la descentralización política y administrativa del Estado de las autonomías cometidos desde la Transición, han dado lugar a la aparición de unas nuevas burguesías burocrático-administrativas regionales, dotadas del enorme poder que le confieren las estructuras de poder autonómico, y cuyo desarrollo depende de arrebatar constantemente nuevas competencias al estado central y blindarse frente a él. Crean así la base política y de clase sobre la que actúa el proyecto fragmentador alemán.

España como entidad autárquica y la España de las 49 provincias

La función f (3) de la unidad es la que se plasma en quienes conciben a España como una «entidad perfecta», irreductible a cualquier otra entidad de su género, con la cual podrá convivir o coexistir, desde luego, pero manteniendo siempre las diferencias irreductibles. Estamos así muy cerca de las teorías de la «España autárquica» (constituida como un «Estado comercial cerrado») y «autosuficiente», al menos, desde el punto de vista de su identidad cultural o espiritual. Esta corriente viene desde los ilustrados, que desarrollaron algunos proyectos pintorescos para borrar diferencias entre provincias que sólo llevaban al enfrentamiento.

El modelo f(4) nos pone ante la Idea de España que ha estado comúnmente vigente a lo largo del último siglo y medio: la España de las cuarenta y nueve provincias. Diferenciadas entre sí con toda precisión, sin menoscabo de la unidad de su conjunto (a su vez bien delimitado) respecto de los Estados vecinos, sin perjuicio de las eventuales relaciones de copertenencia a diferentes «totalidades intermedias» como «Europa», «Países cristianos», etc.

Funciones de identidad de España basadas en categorías distributivas

¿Qué queremos decir cuando hablamos de «la totalidad constituida por el conjunto de monedas procedentes de un mismo cuño» o de que «todos los mamíferos son vertebrados»? Que las partes son homogéneas y pueden caracterizarse por una serie de propiedades comunes; que agrupan sus partes (elementos o individuos) de tal manera que lo que se dice de todos se dice también de cada uno de los miembros en particular. Gustavo Bueno concibe así a las categorías distributivas. Los todos distributivos forman «colectivos». Cuando decimos «El Parlamento votó» queremos expresar que todos y cada uno de los presentes en el hemiciclo votaron.

La función de identidad f(5) se refiere a las posibles concepciones de España que la identifiquen como parte distributiva de alguna totalidad distributiva envolvente. Ejemplo: el concepto teórico de «Estado soberano» utilizado en el Derecho Internacional). Quien, refiriéndose a España y viviendo en ella, utiliza la consabida expresión: «este País, emplea, sin saberlo, la prosa de la función f(5) de identidad. Ejemplo: la «definición oficial» de España como uno de los 226 Estados soberanos de derecho que pertenecen a la ONU. Para muchos españoles, la identidad que España recibe de esta condición es considerada como la vía más propia y directa para formar parte de la «Comunidad Internacional» (otros dirán: de la «Civilización»).

Si alguien concibe a España como si ella fuese una clase de totalidades universales tales como la «clase de las familias humanas», la «clase de los ciudadanos», o la «clase de las personas humanas», «Género Humano», o «Humanidad»< estaríamos utilizando este tipo de función. En realidad, ésta es la perspectiva que se adopta siempre que se habla de los «Derechos humanos», con referencia «distributiva» a un país determinado.

La España de marxistas radicales, anarquistas y verdes

Aquellas concepciones políticas de estirpe marxista radical (o también anarquista), que alcanzaron su cenit ideológico en el período de las entreguerras mundiales utilizaban la función de identidad f(6), considerando como superestructuras «eliminables en la conclusión» no sólo a España, sino también a Europa.

El capitalismo no tiene patria: «España» o «Europa» son solamente sobrenombres de sectores diferentes de una misma administración a cargo de una misma clase social», la de los explotadores; y el proletariado, por descontado, se dirá, tampoco tiene patria. La verdadera identidad de los españoles será, pues, para unos, la que les confiere su identidad como proletarios dispuestos a «reabsorber» a los explotadores: Cataluña, como Francia, España o Alemania son sólo uniformes «de quita y pon» utilizados por los combatientes.

Bueno subrayaba que estos modos de entender la identidad, por metafísicos o utópicos que parezcan, vuelven hoy a inspirar poderosos movimientos ideológicos de la llamada «izquierda ecológica» o «izquierda verde».

La España del alcalde de Móstoles. Las Españas».

Según un primer modelo f(7), las partes en las que se distribuye el todo España serían reconocidas como partes equivalentes: España sería un «discontinuo homogéneo», en el sentido de que «lo que es propiamente español» se considerará como realizándose en cualquiera de sus territorios, sociedades, municipios o regiones. Valdría la fórmula: «donde quiera que reconozcamos una parte de España, allí estará España íntegra, aun cuando las demás partes desaparezcan o se eclipsen». Bueno pone el ejemplo del alcalde de Cistierna cuando Martínez Campos dio el golpe de Estado. Pienso que aquí entra también el alcalde de Móstoles en 1808.

Finalmente, en la función f(8), la Idea de España vendrá a ser una suerte de Idea universal o análoga que se realizase inmediatamente en múltiples partes, cada una de las cuales reproduciría (con las variaciones consiguientes), una misma Idea de España. Se trata de que España se concebirá ahora como un conjunto de partes, heterogéneas y aun contrapuestas, cada una de las cuales recibirá ya propiamente la denominación de España. La concepción de España que más se aproxima a esta paradójica estructura es la que actúa en el fondo de la expresión «las Españas» de tan difícil interpretación.

Bueno enfoca esta función f(8) planteando el asunto filosófico de los géneros, que no son únicamente de Porfirio, como estudiamos en la Filosofía del Bachillerato, sino de Plotino. Él ve que el plural «las Españas» nos remite a la unidad propia del género plotiniano respecto de sus especies. Aquí ocurriría lo que pasaba con los heráclidas que, al decir de Plotino, «pertenecen al mismo género, no porque sean iguales, sino porque descienden de la misma estirpe». Ahora bien, remontándonos a Roma, en la medida en que estas circunscripciones, procedentes de la «división de un mismo tronco», Hispania, llegaron a gozar de una autonomía administrativa suficiente. Así es como requerían una distribución de pretores, o gobernadores, o funcionarios, relativamente independientes, los unos respecto de los otros. Y se comprendería bien que, desde Roma, pudieran ser vistas las circunscripciones establecidas en la primitiva Hispania como «Hispaniae» diversas, aunque analógicas a efectos administrativos. Tal sería el caso también del plural «las Galias» y, siglos después, con el plural «las Américas». De acuerdo con esto, fueron lógicos los intentos de incluir en el conjunto de las Españas a los virreinatos americanos.

Conclusión: Bueno ofrece un panorama filosófico muy completo que puede servir, a las embajadas y a algunas Academias, como plataforma para enfocar las tensiones del presente. Lo que está en juego actualmente es qué utilidad política tienen Embajadas y Academias si pierden la pugna de la opinión pública española e internacional. Como dicen los boxeadores, los golpes dados en el último combate no cuentan para el siguiente. A diferencia de los políticos, diplomáticos e historiadores que han optado por mantener un perfil bajo, el sistema de Gustavo Bueno sostiene que las polémicas forman parte de la ciencia, bajo la figura de los «dialogismos». Los hechos le han dado y le dan la razón. Los conceptos que no son sometidos a discusión, acaban por perder fuerza y no interesar a nadie.

Valbuena, Felicísimo (03 de Febrero de 2019). Gustavo Bueno y las ocho maneras de entender la identidad de España, La Nueva España, 30.31.

revistametabasis.com

ISSN 2605-3489

 

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