Base y superestructura

GBueno¿Acaso la distinción de Marx debe considerarse hoy inútil y aun peligrosa? No necesariamente, pues en ella se hace presente una distinción fundamental pero que necesita ser «vuelta del revés», como tantas otras distinciones de Marx. La base soporta, sin duda, a la superestructura, pero no como los cimientos soportan los muros del edificio, sino como el tronco de un árbol soporta las hojas o como, mejor aún, los huesos del organismo soportan los demás tejidos del vertebrado: las hojas no son meras secreciones del tronco, sino superficies a través de las cuales se canaliza y se recoge la energía exterior que hace que el tronco mismo pueda crecer; los tejidos del vertebrado no brotan de los huesos, sino ambos del cigoto. Por consiguiente, las superestructuras desempeñan el papel de filtros, canales, etc., de la energía exterior que sostiene a la base del organismo; por lo que el «desplome» del organismo tendrá lugar internamente (sin perjuicio de que pueda agotarse la energía exterior que lo alimenta), cuando las superestructuras comiencen a ser incapaces de captar la energía o de mantener el tejido intercalar que la canaliza dentro de su morfología característica.

Bueno, G. (1996). El mito de la cultura. Ensayo de una filosofía materialista de la cultura. Barcelona: Prensa Ibérica, 232.

 

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Fundamentalismos…

Gustavo Bueno 2014El análisis del concepto escolástico de fundamento de las relaciones (como accidentes de la sustancia) nos lleva a concluir que la idea de fundamento no tiene por qué mantenerse subordinada a la idea de relación. La idea de fundamento implica tanto las relaciones como a otras muchas ideas ontológicas o gnoseológicas tales como conexión, sustancia, operación o totalidad.
En cierto modo cabría afirmar que los fundamentos aparecen no ya tanto cuando concebimos al Mundo (Mi) como un conjunto de sustancias o de átomos sustancializados democríteos (entre los cuales se establecen relaciones), sino como un conjunto de estromas o morfologías materiales corpóreas, de totalidades, y no propiamente sustantivas, sino precisamente establecidas mediante conexiones mutuas. De otro modo: los fundamentos podrían entenderse como los cauces (conformados por las diversas morfologías totalizadas) a través de los cuales unas morfologías pueden ejercer su
influjo en otras, de suerte que, a través de operaciones, puedan conformarse términos nuevos en un dominio dado del Mundo (Mi).
El fundamentalismo (es decir, el –ismo) vendría a ser entonces la transformación que, a través del fundamento (concebido como cauce por medio del cual los impulsos globales procedentes de otras morfologías actúan sobre la de referencia) permiten delimitar unas morfologías dadas (morfologías de partida) con otras morfologías de término (o de llegada).

Bueno, Gustavo (2015), Ensayo sobre el fundamentalismo y los fundamentalismos. El Basilisco Nº 44, 13.

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Qué significa ser de derechas según Gustavo Bueno

Gustavo Bueno mito de la derecha.jpg

Valbuena de la Fuente, F. (17 de marzo de 2019), ¿Qué significa ser de derechas en la España actual? La Nueva España, Suplemento Siglo XXI, 10-1.

 

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La patria es el territorio

GBuenoLa idea de Nación política no puede entenderse al margen de una teoría del Estado que desborde los límites estrictamente jurídicos en los cuales se mantienen los tratadistas de Derecho constitucional. Porque el Estado no se reduce a su capa conjuntiva sino que también contiene necesariamente un territorio apropiado, fundamento de su capa basal, y esto envuelto por una capa cortical que lo separa de las demás y al mismo mantiene su interacción con otros Estados.

Ahora bien, la Patria tiene que ver ante todo con la misma capa basal sobre la que se asienta cada Estado. Y, ante todo, con el territorio que esa sociedad política se ha apropiado como suyo, resistiendo a cualquier otro Estado que pretenda atravesar sus fronteras. El Estado sólo puede constituirse en un territorio delimitado por su apropiación (se atribuye a Henry S. Maine, Ancient Law, 1861, el criterio de la territorialidad como criterio distintivo entre la sociedad primitiva sin Estado y la sociedad civilizada, con Estado).

Aquí puede percibirse con toda claridad cómo el «derecho natural» que una sociedad tiene a su territorio no puede proceder de otra fuente que de su propia fuerza de resistencia ante las pretensiones de otras sociedades que buscan atravesar sus murallas. Y esta es la razón por la cual la apropiación de lo que será su territorio basal no puede considerarse como un robo a las demás sociedades políticas, que sin duda también tendrían el «derecho» a entrar en él. La apropiación originaria no constituye, por tanto, un derecho de propiedad, que sólo puede aparecer en el proceso de redistribución a los individuos o a las familias que forman parte de la sociedad política, del territorio apropiado.

Según esto la Patria es, ante todo, no ya su mera Constitución jurídica, sino, sobre todo, el territorio capaz de acoger a una sociedad política, y no tanto a título de su carrying capacity, medida a escala de su metabolismo basal, puesto que la sociedad política no es una entidad estática, sino en constante proceso de crecimiento dirigido a la explotación de las riquezas de su capa basal o de otras fuentes exteriores. Dicho de otro modo: el amor a la patria no es un puro sentimiento subjetivo, psicológico; es ante todo la voluntad de mantener el territorio y sus riquezas como necesarias y propias de la misma sociedad política constituida en ese territorio. La capa basal del Estado se incorpora así a la sociedad política, organizada a través de sus redes conjuntivas. Y, en este sentido, envuelve tanto a los antepasados como a los descendientes: la Patria es la tierra de los padres y la tierra de los hijos. Mientras que «el pueblo» va referido a quienes viven en el presente, la Patria, o la Nación política, va referida tanto a los antepasados (a los padres) como a los sucesores (a los hijos). Por ello la Patria no se reduce a la constitución formal, ni a su futuro inmediato, sino a la constitución material o interna (systasis) de la misma sociedad política.

Bueno, Gustavo (2014), La idea del «patriotismo constitucional». El Catoblepas, Nº 146, 2.

 

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Qué significa ser de izquierdas según Gustavo Bueno

Qué significa ser de izquierdas (según Gustavo Bueno)1

Valbuena de la Fuente, F. (10 de marzo de 2019), ¿Qué significa ser de izquierdas? La guía útil que dejó Gustavo Bueno. La Nueva España, Suplemento Siglo XXI, 4-5.

 

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El Fin final de la Historia Universal

Si tomamos, como principal sistema teóricoEspaña Frente a Europa capaz de mantener con argumentos de peso (sin tener que decir que estos sean definitivos) la tesis de la accidentalidad de la historia humana, el sistema característico de la visión antropológica (en la medida en que la idea antropológica se opone a la Idea histórica), la tesis del «fin de la historia», en el sentido de Fukuyama, se disuelve como un terrón de azúcar en un vaso de agua caliente. Si las sociedades humanas se mueven por factores permanentes (demográficos, ecológicos, &c.) que se mantienen en la base de la vida real; si lo que llamamos «historia» no es otra cosa sino una designación de sucesos que tienen lugar en la superficie; si las «revoluciones históricas» no significan antropológicamente mucho más que lo que pudieron significar los cambios de dinastía en la historia del Egipto faraónico, entonces ¿por qué hablar del fin de la historia en las postrimerías del segundo milenio y no en las postrimerías del primero o del primero antes de nuestra era? Más justificado estaría, al menos si nos referimos a la historia universal, el hablar del comienzo de la historia en el momento en que el tercer milenio se toca con la mano. Pues ahora podrá decirse que la humanidad se encuentra ya interrelacionada en todas sus partes, como un todo efectivo (y no sólo intencional, como todavía lo era en el tiempo de Polibio), pero sin que de ello hubiera que deducir que ese «comienzo de la historia universal» –ese fin de las historias particulares– representase una nueva época en el sentido antropológico, una época en la que los problemas constituyentes de la humanidad y los que la separan de su autocontrol integral, pudieran considerarse resueltos. La totalización sociológica del presente no puede hacerse equivalente a una totalización histórica, puesto que precisamente el curso histórico desborda continuamente los límites de aquella totalización. Si Fukuyama o sus asesores hubieran leído La rebelión de las masas de Ortega, a quien ni siquiera citan, acaso no se hubiera escrito el capítulo 7 de su libro («No hay bárbaros a las puertas») pues, como enseñaba Ortega, los bárbaros no necesitan venir del sur, o del este, o del norte, puesto que puede darse una «invasión vertical» de los bárbaros sin necesidad de salir de los Estados Unidos o del Japón.

La humanidad planetaria (no totalizable, salvo desde perspectivas muy genéricas, zoológico ecológicas, naturalistas), desde una perspectiva estrictamente antropológica, sigue siendo históricamente tan infecta (es decir, no perfecta o acabada) como lo era en las épocas de la humanidad repartida, distribuida; y el «autocontrol» que la humanidad tiene hoy de sí misma es tan poco integral como podía serlo hace milenios, puesto que a la par que los hombres controlamos nuevas variables, que son factores de nuestra evolución, otras variables nuevas aparecen como consecuencia del mismo control que hemos logrado. En todo caso, el carácter infecto de su historia, no compromete a la estructura misma de las sociedades humanas, para las cuales la historia se supone que, por ser accidental, puede también ser permanente. Se habrá producido un «cambio de escala»: de la escala del orbe mediterráneo de la Antigüedad habremos pasado a la escala del orbe euroafroasiático de la Edad Media, y de ésta, a la escala del orbe planetario de nuestros días; pero sin que ello autorice a decir que la historia de hoy es más profunda que la de ayer, ni tampoco más superficial.

Bueno, Gustavo (1992), Estado e historia (en torno al artículo de Francis Fukuyama). El Basilisco, 11, 26-2.

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Estructuras homólogas de carácter finalístico…

Añadiremossalamandra californiana que «Choc» era de sexo femenino, y, sin duda, vio en nuestra muchacha un macho de grajilla. El comportamiento de «Choc» no ofrecía lugar a dudas a este respecto. La llamada regla inversa, según la cual los animales de sexo femenino se sienten más atraídos hacia los varones y los machos hacia las mujeres, no vale en absoluto para las aves, ni siquiera para los papagayos, en relación con los cuales se ha afirmado repetidamente su validez. Así, por ejemplo, otra grajilla, ésta macho, comprada ya crecida, se enamoró de mí y me trataba en todos los aspectos como si yo fuera una grajilla hembra. Empleaba horas en tratar de convencerme para que me introdujera, reptando, en la cavidad que había escogido para anidar, y que sólo medía unos pocos decímetros. De manera semejante, un gorrión, que había experimentado una análoga fijación sobre seres humanos, quería inducirme ¡a meterme en el bolsillo de mi propia chaqueta! Aquel macho de grajilla resultaba especialmente molesto cuando trataba de cebarme con los, para su gusto, mejores bocados.

En todas estas maniobras había conseguido interpretar la boca humana como la abertura anatómica de ingreso del alimento, lo cual no deja de ser sorprendente. Lo hacía completamente feliz cuando abría mis labios hacia él, imitando los sonidos con que los de su especie solicitan alimento. Esto representaba para mí un gran sacrificio, porque no había llegado hasta el extremo de que me gustara recibir en la boca gusanos de la harina trinchados y mezclados con saliva de grajilla. Es comprensible que no siempre me mostrara dispuesto a corresponder a las solicitudes del ave; pero en tal caso debía vigilar mis oídos, porque, sin saber cómo, me encontraba el conducto auditivo lleno hasta los tímpanos de papilla de gusanos. En efecto, las grajillas introducen profundamente el alimento, con la lengua, hasta el esófago de la hembra o de las crías. Pero este macho de grajilla, ansioso de cebar, utilizaba mis oídos sólo cuando le negaba la boca, y, desde luego, siempre intentaba primero utilizar ésta.

Lorenz, K. (1987). Hablaba con las bestias, los peces y los pájaros.

Barcelona: Labor,  71-3.

 

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La continuidad del proceso de gestación

Gestación
Todo ser humano comienza su existencia personal bajo la forma de una simple célula, ínfimo glóbulo de gelatina translúcida, el huevo.
Este huevo resulta de la fusión de dos células, salidas, respectivamente, del cuerpo de los padres.
Una de ellas, la célula materna, u óvulo, es relativamente grande (un quinto de milímetro); de forma esférica; contiene en su parte central una pequeña vesícula más compacta que el protoplasma circundante, el núcleo. Cada mes, regularmente, un óvulo madura en la glándula ovárica, se separa, y pasa a la trompa uterina, largo canal por el cual se encaminará hacia la matriz.
La otra célula, la célula paterna o espermatozoide, no mide más que 55 milésimas de milímetro, y está constituida, en su mayor parte, por un simple filamento o cola, fijado a una pequeña cabeza que corresponde al núcleo del óvulo. […]
Poco después de la fecundación, el núcleo del huevo se ha constituido por fusión del núcleo ovular con la cabeza espermática, y, algunas horas después, el desarrollo comienza. El huevo se divide primero en dos células; cada una de las cuales, a su vez, se dividirá en dos, y así sucesivamente. Es mediante este procedimiento de bipartición celular, seguido luego de crecimiento, por el que se formarán poco a poco los millares de células de las que estará compuesto el nuevo ser. […] Al principio no será más que una pequeña lámina, plana y discoidal, que comprende dos delgadas hojitas: el ectodermo, salido de la pared superior; el endodermo, de la pared inferior. Más tarde, una tercera hoja, el mesodermo, se intercalará entre las dos primeras. […] El ectodermo producirá la epidermis y el sistema nervioso; el endodermo, el tubo digestivo, las glándulas anejas y los pulmones; el mesodermo el esqueleto, los músculos, el corazón y el sistema circulatorio, la sangre, los riñones y las glándulas sexuales. […]
El período de tales hojas durará tres semanas. Al llegar este momento, el nuevo ser —que no mide más que dos o tres milímetros y pesa cuatro centígramos— se transformará en embrión. Su forma será la de un pequeño animal sin patas y provisto de cola. No se distinguirá apenas de cualquier otro mamífero considerado en ese estadio.
Cinco semanas más tarde, el embrión se convierte en feto. Le han crecido los miembros; la cabeza se ha modelado, al igual que la cara. Pese a que no medirá más que tres centímetros y no pesará más que tres gramos, habrá tomado, en su conjunto, la forma que caracteriza al tipo adulto de su misma especie. Siete meses más y el feto será el recién-nacido.
Rostand, J. (1983). El hombre. Madrid: Alianza, 31-5.

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El Padre Feijoo y el aborto en el siglo XVIII

La coFeijoomún persuasión de que el feto no se anima, sino muchos días después de la concepción, ocasiona muchos abortos maliciosos; porque juzgando, que no se pierde en la expulsión sino un poco de inánime materia espermática, se quita al delito aquel grande horror, que causa (suponiendo animado el feto) la consideración de quitar la vida a un hombre ya existente, y quitarle, no sólo la vida temporal, mas la eterna también. Es ciertísimo, que muchos, y muchas que por librarse, o ya de la infamia, o ya de la incomodidad, que les ha de ocasionar el parto, procuran el aborto; suponiendo inanimado el feto, temblarían de arrojarse a tan abominable exceso, si le juzgasen animado. Importa, pues, muchísimo, que todos estén en la persuasión de que, si no es cierto, por lo menos es muy probable, que el feto se anima, o en la concepción, o inmediatamente a ella.

Feijoo, B. J. (1779). «Importancia de la ciencia física para la moral». Teatro crítico universal o discursos varios en todo género de materias para desengaño de errores comunes, Tomo 8. Madrid: Real Compañía de Impresores y Libreros, 354.

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Fausto, obra monumental


metabasis-002-0530611La mejor obra dramática de Goethe es sin duda el Fausto, que ha pasado a ser una obra clásica de la Literatura Universal (Goethe, J. W., 2006). La primera versión, el Urfaust o Fausto original, estaba acabada en 1773. Pero el autor la siguió retocando hasta 1790, año en que publicó un fragmento; ya en abril de 1806 estaba completo, pero las guerras napoleónicas demoraron dos años la publicación hasta 1808; la segunda versión o segunda parte sólo sería publicada en 1833, un año después del fallecimiento del autor. La tragedia Fausto original se articula en torno a dos centros fundamentales; el primero es la historia de cómo Fausto, en la búsqueda de lo absoluto y de la plenitud vital desespera de su búsqueda y de sus conocimientos científicos y filosóficos y por ello, fatigado de la vida y decepcionado de la ciencia, desengañado por el intelecto, busca la solución en la voluntad, en la acción y como consecuencia de ello hace un pacto con el diablo que le devuelve la juventud a cambio de su alma. Fausto es el arquetipo del hombre permanentemente insatisfecho; el segundo es la historia de amor entre Fausto y Gretchen, en la que Fausto da muestras de un donjuanismo irresponsable e incauto, también llamada Margarita, que Mefistófeles manipula de forma que Fausto llegue al homicidio —mata a la madre de Margarita y luego mata al hermano de su amada— y Gretchen tenga un embarazo indeseado, que le conduce primero al infanticidio y luego a ser ejecutada por asesinar a su hijo y por asesinar antes a su madre. Todo lo que le acontece a Fausto es trágico pero además, la tragedia es la vida misma, su ejercicio de la libertad, decida lo que decida, entre las consecuencias aparece la tragedia, la desgracia. La acción es el principio del mundo pero toda acción contiene dolor y error. Eso es inevitable y a eso nos conduce toda elección que realicemos. Una conclusión evidentemente pesimista.

Giménez Pérez, F. (2019). Goethe, el hombre que hizo de su vida una obra de arte.​ Revista Metábasis, Nº 2, 59.

 

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