El campo de una ciencia puede ser redefinido, por tanto, como un conjunto de contextos determinados, entretejidos en una symploké sui generis: el papel de los contextos determinados no es sólo el de instaurar la posibilidad de establecer relaciones necesarias entre los componentes dados en su ámbito, sino también el de establecer la desconexión o interrupción entre los contextos determinantes y la totalidad inmensa de materiales que los envuelven o atraviesan, y que harían imposible cerrar ningún circulo de concatenación. Los contextos determinados son, simultáneamente, marcos e interruptores (en el caso particular de las relaciones causales, este papel «interruptor» corre a cargo de las «armaduras». De este modo, las verdades necesarias establecidas por las ciencias (que ya no habrá que hacer consistir tanto en una adecuación de la forma global, lingüística, por ejemplo, con la materia real, sino en la adecuación-identidad de unas partes con otras partes materiales del contexto determinado, hecha posible por los esquemas de identidad constitutivos de tales contextos) se nos ofrecen como internas al cuerpo de la ciencia que las establece y no requieren comprometer al mundo, en su totalidad, exigiendo su necesidad (como la exigía la teoría aristotélica de la ciencia).
La doctrina de los contextos determinados y, sobre todo, la distinción entre estos contextos y los contextos determinantes, permite dar cuenta también de la falibilidad inherente a la predicción científica. Falibilidad que, desde una perspectiva no materialista, se interpretara acaso como testimonio del «indeterminismo de la Naturaleza» o, simplemente, del carácter meramente probabilístico (nunca determinista) de las proposiciones científicas. Desde luego, la predicción (o retrodicción) no es el único objetivo de las ciencias, ni el único criterio de cientificidad. La predicción o retrodicción es un genero importante, sin duda, de construcción que aparece cuando lo construido se da insertado en algún proceso temporal. Proceso que puede afectar a la propia semántica interna del contexto (la predicción o retrodicción de un eclipse por un astrónomo, necesariamente situado en un punto t del curso temporal astronómico) pero también sólo a la pragmática de contexto, exterior a él (la predicción de una nueva cifra decimal del numero π).
Bueno, Gustavo (1993). Teoría del cierre categorial, Tomo 5. Oviedo: Pentalfa, 142-3.
ISSN 2605-3489



«El censo, el mapa y el museo» analiza, por tanto, el modo en que, en forma del todo inconsciente, el Estado colonial del siglo XIX (y las políticas que su mentalidad favoreció) engendraron dialécticamente la gramática de los nacionalismos que, a la postre, surgió para combatirlos. De hecho, podríamos llegar hasta decir que el Estado imaginó a sus adversarios locales, como en un ominoso sueño profético, mucho antes de que cobraran auténtica existencia histórica. A la formación de estas imágenes, la abstracta cuantificación/serialización de personas, hecha por el censo, la logoización del espacio político debida los mapas, y la «ecuménica» y profana genealogizacion del museo hicieron contribuciones entrelazadas.
Este afán por alcanzar niveles elevados de consumo cobra un mayor vigor debido al alto grado de movilidad social que tiene nuestra sociedad. En una sociedad en la que los criterios concernientes a la categoría social dependan del nacimiento, es imposible que un individuo ascienda de categoría social. Por consiguiente, el afán por lograr un nivel elevado de consumo como medio de alcanzar una categoría superior no existe.
El psicópata no sólo es una persona aparentemente encantadora sino que también carece de todo remordimiento ante los actos más crueles y despiadados. La psicopatía, la incapacidad de experimentar empatía o cualquier tipo de compasión o, cuanto menos, remordimientos de conciencia, es una de las deficiencias emocionales más desconcertantes. La explicación de la frialdad del psicópata parece residir en su completa incapacidad para establecer una conexión emocional profunda. Los criminales más despiadados, los asesinos sádicos múltiples que se deleitan con el sufrimiento de sus victimas antes de quitarles la vida, constituyen el epitome de la psicopatía. Los psicópatas también suelen ser mentirosos impenitentes dispuestos a manipular cínicamente las emociones de sus victimas y a decir lo que sea necesario con tal de conseguir sus objetivos. […].
